lunes, 14 de junio de 2010

Azucena

La primera vez que vi a Azucena fue como si nada existiera excepto su delicada figura. El tiempo se paró, quizá porque ella se lo pidió, y en ese transcurso de tiempo en el que no me sentía ni más joven ni más viejo pude ver porqué se creó la palabra inverosímil.

Ella era algo volátil, era como si un mero soplo de aire la rompiera, la hiciera volar sin el más mínimo esfuerzo debido a lo liviana que era. Sus facciones no delataban su edad, jugaban a que adivinaras la eterna juventud que presentaba.

No sé si fue una suerte maravillosa o un tremendo castigo el verla, pero debo decir que el motivo por el que el destino quiso que la contemplara no me importa. Lo importante es el hecho de haber podido ver la verdadera belleza con cuerpo humano y en un lugar tan mediocre.

Azucena... sí, tal y como su nombre indicaba, era una de las flores más hermosas que jamás hayas podido contemplar. Ese halo de misterio en ella, esa inmortal sonrisa en su rostro, ese extraño brillo que la rodeaba... todo se hacía mágico por un mísero instante por el simple hecho de que ella pasara por allí.

No había corrupción en su forma de vestir, no había la aspereza, desconfianza y ganas de aprovechamientos en sus puros ojos. Su melena rubia, casi transparente, la tenía a merced del viento, ondeando como una bandera de salvación a todos tus males. Era tan larga, que la misma Rapunzel se hubiera puesto celosa ante tal longitud.

Su ropa se basaba en un simple vestido hecho con tul. No era una prenda insinuadora a pesar de lo corto que era. Tú la mirabas y no pensabas algo diferente de "es una belleza inocente, infantil en todos sus aspectos y tan tierna que hasta la persona más cruel e inflexible del mundo cedería con tan solo ella pedirlo".

Con solo verla, en aquel mismo instante, supe que Azucena era la persona que había estado esperando toda mi vida. Me miró con sus limpios ojos, de un verde esmeralda intensos. No parpadeó, siguió para delante, sin apartar la vista. Me decían algo, me transmitían un sentimiento de alivio, de alivio al haber encontrado algo que se lleva mucho, demasiado tiempo buscando. Pasó de largo a mi lado, muy pegada. Olía a azucenas.

Cuando la perdí de vista, estuve unos segundos parado, paralizado. Cuando me dí la vuelta para admirar cómo se iba o incluso seguirla y presentarme de una manera absurda, no estaba. Había desaparecido, se había esfumado, se había unido a la brisa marina que azotaba mi cara. Me quedé petrificado, buscándola con la mirada mientras que a mi alrededor flotaba un maravilloso olor a azucenas.

Hoy día, siempre que voy por la calle, la escudriño por si acaso veo a Azucena.

Han pasado muchos años desde la primera y última vez que la vi.

Y aún la sigo esperando.