Ultimamente me siento sin inspiración, no puedo escribir. Me falta algo. Algo importante y no sé el qué. Veo mis textos sin sentido, no acaban de expresar lo que quiero.
Y NECESITO escribir. Es como una droga, MI droga. Sin ella, yo no sería yo, no podría vivir.
Y leo las cosas que mi mente inventa y las encuentro vacías. Siento que carecen de un toque de la imaginación que me gusta dar, de la fantasía que me gusta plasmar.
Y me gustaría escribir el tipo de cosas que me gustan: las historias de un dragón rosa que en vez de hechar fuego por la boca hecha espuma, las peripecias de un corazón que abandonó a su dueño cansado de que este no sintiera nada, las aventuras de los árboles de un bosque dorado y encantador en el que habitan las más horribles de las pesadillas que te puedas imaginar...
Sí, un bosque dorado, atractivo a la vista, con sus manzanas rojas y bien jugosas que saben a caramelo, cerezas rojas que saben a lo que tu desees en ese mismo momento, helados de todos los colores y sabores imaginables, melocotones tan suaves y grandes que con unos poquitos te podrías hacer una prenda tan suave como el terciopelo...
Y el río... ese río ancho, caudaloso, tan grande y lleno de colores. Río al que, si lo tocas con la punta de tu dedo y deseearas que se convirtiera en batido de fresa, en chocolate fundido... lo hace mágica y asombrosamente ante tus ojos.
Y los animales... ¡Oh! Animales espléndidos, todos los animales que jamás hayas visto y los que conoces de toda tu vida. Y no son de carne y hueso, sino de algodón de azúcar, o de gominolas, o hechos de palomitas... Y tan, pero tan dóciles.
Todo un sueño, una fantasía, un mundo color de rosa. Pero el mundo color de rosa no existe, claramente. Por eso, al caer la noche no te fies, que todo se sustiturá por lo que de día quería aparentar. Y ese mundo de felicidad, de alegría, de fantasía desaparecerá para dar lugar a uno tenebroso, uno jamás conocido, uno terrorifico y brutal.
Esos árboles frutales ahora están llenos de bayas venenosas, el suelo, lleno de zarzamoras peligrosas que conviven con setas tan grandes que paraguas podrían ser si ignoraras que nada más tocarlas te envenarían toda la piel.
El río mágico y sinuoso se transforma por otro que contiene residuos peligrosos, restos orgánicos y trozos de cosas no identificadas que solo olerlas es como si te diera un golpe que para atrás te hechara.
Y los animalitos tan lindos... ¡Oh! Pobre de ellos. Se convierten en seres peligrosos, los de las historias de terror, los de las leyendas y mitos: los minotauros y ogros, cíclopes y arpías, orcos y lobos y todo ser horrorosamente imaginable. Su andar va dejando un rastro de olor fétido y si te cruzas con ellos, es aconsejable que huyas, que no son como los otros, dulces y mimosos... no, estos te persiguen y maltratan porque precisamente nunca están de muy buenas pulgas.
Y estos mundos son tan diferentes, tan difíciles de creer que existan a la vez... Y son el día y la noche, son el bien y el mal, son el ying y el yang. Pero esto no quiere decir que no puedan convivir en un mismo sitio ya que sin uno, no existiría el otro, se necesitan mutuamente, y eso es lo que da el equilibrio. Son las dos caras de una misma moneda: tan parecidas y a la vez tan distintas...
Y se necesitan a las dos partes de ese bosque, porque si no, o todo sería muy empalagoso, o todo lo contrario: muy aterrador. Y ese bosque es la vida, con etapas buenas y malas, con engaños y falsedades, con verdades y aciertos.
Y es un bosque muy grande y lioso del que, si una vez entras, muy dificil veo que puedas volver a salir. Por eso siempre hay que estar preparado para todo, para enfrentarse al destino y a sus innumerables caminos.
Pues, si cuando no estás inspirada, escribes así, no me quiero perder lo que escribas cuando te llegue la inspiración.
ResponderEliminarEs un placer leerte.