martes, 4 de mayo de 2010

El país de los Sueños Olvidados




Un día soñé con algo que se salía de lo que normalmente soñaba. Ya no eran los mismos paisajes, las mismas historias, los mismos personajes. Aquí se respiraba un halo de magia, de tiempo inamovible, de eternidad, de... de vieja y antigua soledad.

Un sitio precioso, único, agradable a la vista. No tenía una belleza normal, no. Su belleza se regía por el misterio que rodeaba a ese lugar, por el ansia de querer saber más por su historia, por el hecho, simplemente, de preguntarte cómo podía existir un lugar tan inverosímil.

No me pregunten cómo llegué, ni tampoco todo lo que hice. Más que nada porque de todo lo que me acuerdo es gracias al sentimiento de la gran melancolía que se siente cuando algo que en su tiempo fue espléndido pierde su fuerza, su viveza, sus ganas de seguir adelante y queda abandonado, alejado de todo ser.

Quizá pueda relatar algo de lo que allí hice nada más llegar... O, definámoslo, como lo que me acuerdo mejor.

El primer sitio que recuerdo en el que me hallaba era una plaza. Sí. Una plaza con una forma algo rara: era más o menos circular y de los bordes de esta salían como pequeños circulos que supongo que desde el cielo daban aspecto de una flor con los pétalos redondos. En su centro había una fuente. Pero no una corriente, como cabe de imaginar, todo en ese lugar era diferente. La parte baja de la fuente tenía forma de un gran pétalo elaborado de manera que el agua, al caer, no se escapara. El, digamos, tronco tenía forma de espiral y terminaba con la forma de un chorro de agua a presión lanzado hacia arriba pero con las puntas, cuando al agua le tocaría caer, curbadas hacia dentro. Debo decir que toda la fuente estaba hecha de los más exquisitos mármoles, de colores absolutamente magníficos y diversos que daban una tonalidad al agua preciosa, como la del arco iris.

Por desgracia, no cogí a ese lugar en su momento de gloria. De hecho, ya no salía agua de la fuente, estaba todo lleno de polvo. La llamé la plaza de las Flores Marchitas por los colores y lo espléndida que tendría que haber sido.

De este lugar salían diversas calles, rodeadas de edificios magníficos de todo los estilos de todas las épocas por las que ha pasado la humanidad: renacentista, gótico, modernista... Pero yo elegí una calle bastante grande. Suponía que aquella, al haber sido tan grande, en su tiempo hubiera sido la avenida principal.

Espectaliroso magnificiosamente precioso. Esta sería la forma más acertada de definir la avenida por la que me adentré. No os podéis imaginar lo que allí vi. Ese lugar era el bulevar de aquel lugar. Pero no un bulevar cualquiera, no señor. Era la calle por excelencia de las golosinas. Todas... pero todas la chucherías, gominolas, dulces que tu mente pudiera imaginar multriplicado por tres. Una inmensa avenida muy ancha y demasiada larga en la que no había un solo trozo de la pared de los edificios que no tuviera mínimo dos tiendas. Además, eran muy peculiares. Estaban construidas a unos tres metros del suelo y se accedía a ellas mediante unas escaleras de caracol con las barandillas más preciosas que has visto. Valía la pena parase delante de las tiendas simplemente por admirar la forma de estas escaleras. Cuando se subían no había ningún tipo de descansillo, sino que directamente se pasaba a la tienda. Horas te podías tirar intentando saber qué ibas a comprar. Y es que había de todo: tartas, pasteles, cosas sueltas, chicles kilométricos, pasteles que hacían que tuvieras hambre con solo mirarlos... No te podías ir sin comprar nada. Desgraciadamente y por una inexplicable razón, en cada tienda que entraba no había nadie y, además, no podía tocar la la comida. Había como un campo magnético que repelía mi mano de una forma inverosímil.

Por eso bauticé a este lugar como la avenida de las Delicias Intocables.


Me costó mucho abandonar este sitio y, aparte, atravesarlo dado su gran extensión pero, cuando al fin lo conseguí vi que desembocaba en un lugar que abarcaba un gran terreno. He de decir que este sitio me espantó. A simple vista se creía que se veían unos fantásticos jardines. Las figuras hechas eran las de animales. Todos los animales que existen y muchos más que nunca has vislumbrado estaban ahí, representados, detalle a detalle. Fíjate que si se habían esmerado en hacerlo todo perfecto que hasta los habían pintado de sus respectivos colores. Pero yo sentía que algo no encajaba.

Iba andando entre estas maravillosas figuras, pensando qué manos habían podido ejecutar unas obras de tan gran maestría cuando, de improvisto, me vino una ráfaga de viento con un gran tufo a cosas podridas. Exactamente, a carne podrida. Avancé y avancé en la dirección en la que venía el viento y el pestilente olor, con una gran curiosidad y a la vez con una inquietud ante lo que me podía aguardar.
Sin habla. Me quedé sin habla. No podía creerlo después de haber visto en aquel lugar tan maravilloso cosas tan dignas de admirar encontrarme de bruces con aquella imagen... De un gran árbol estaban colgados de sus inmesas y numerosas ramas bolsas. Bolsas con... con corazones, higados e intestinos dentro, bamboleándose al compás de la triste música que el viento se encargaba de coordinar.

En el momento de contemplar esto, me dí cuenta de todo y lo encajé: aquellas figuras que con tanto interés y admiración había estado mirando minutos antes eran animales de verdad. Pero estaban disecados. Vamos, que no eran plantas, como yo creía, y esas bolsas contenían sus órganos. Al llegar a este punto no sé qué me pasó. Quizá me desmayara, no sé, pero lo cierto es que cuando me desperté no me hallaba en este lugar tan terrorifico sino en un lugar distinto. No sé si el jardin y ese gran árbol fueron un espejismo que mi mente tejió con primor.


Llamé a este sitio el Jardín de los Animales Dormidos. Lo de "dormidos" era por darle un nombre más... menos fuerte.


Cuando me desperté me hallé tirada en medio de una lugar en el que era de noche. No había nada a mi alrededor a excepción de una gran fábrica que se alzaba ante mis ojos. No echaba grandes cantidades de humo, como cabría de imaginar. Simplemente estaba como... como todo en ese lugar: muerto, olvidado.
Era totalmente gris, tosco y frío a la vista. Aún así, me atraía como si una fuerza me dijera que fuera.

Me aventuré a recorrer la gran distancia que me separaba de aquel edificio tan siniestro lentamente, mirando a todos lados. Ya no me fiaba de nada de lo que me rodeaba. Al fin alcancé el gran portón de hierro que tenía la fábrica pero por más que empujaba no se movía ni un ápice. Lo intenté de todas las maneras posibles, pero no funcionaba nada. Ya sin esperanzas me senté con la espalda apoyada en el portón y me puse a pensar en la manera de abrirlo de una forma inteligente. Barajé la posibilidad de que se tuviera que apretar algún sitio de la pared para que se activara un mecanismo, pero lo deseché enseguida. Demasiado fantástico en mi opinión. Cansada ya, por casualidad, tomé suerte haciendo lo que tantas veces hago:
- Por favor, escúchame, estés donde estés, y ayúdame a abrir este gran portón. Lo deseo con...
Me interrumpí. Se estaba escuchando un chirrido, como de puertas abriéndose. Entonces me di la vuelta y lo vi: el portón estaba cediendo ante mi petición. Cualquier persona razonable no hubiera entrado pero, total, estas cosas solo pasan una sola vez en la vida, hay que aprovecharlas, ¿no?

La fábrica era, en verdad, una construcción muy simple. Había una sola habitación que abarcaba toda la planta del edificio, en cuyo centro de hallaba una gran máquina. Muy rara, para variar. Alrededor de esta había miles y miles de pequeñas cajas amontonadas en pilas que llegaban hasta el tan altísimo techo. Se dividían en dos colores: amarillo y verde.

Me acerqué a una de las pilas de cajas de menor altura (mediría unos dos metros y medio aproximadamente) y, con mucho cuidado, saqué una cajita amarilla. En ella ponía un nombre: Estefany. Me pregunté qué significaría y, acto seguido, fui a abrirla. No, no cedía. Estaba como pegada. Y tampoco se rompía. Era un material muy duro. Entonces me giré, con la intención de irme de ese lugar.

Se me cayó la caja de las manos y sonó con un sonido hueco. Me quedé en el sitio, sin moverme, con la respiración entrecortada y acelerada. Encima del gran portón que había cruzado antes había figuras. Muchas figuras. Miles y miles colgadas de una cuerda que les rodeaba el cuello a cada uno independientemente. Eran humanos, personas de carne y hueso. Estaban muertos, pero no podridos.

Grité. Grité con todas mis fuerzas. Cogí la caja del suelo y corrí hacia el portón, que estaba abierto de par en par, buscando salir de aquel lugar. El peor lugar que había visitado. Pero, de improvisto, las puertas se cerraron en toda mi cara y me quedé atrapada. Las luces se empezaron a encender y quedé deslumbrada por un momento. Cuando por fin conseguí ver algo vislumbré a una de las figuras que venía hacia mi, que se había soltado de la soga con la que estaba atada. Yo estaba aterrorizada. No me podía mover. Se acercaba más y más. Yo estaba temblando entera. Era una mujer. O, mejor dicho, una joven. Se me acercaba con los brazos extendidos, como queriendo coger la cajita que yo llevaba en mis manos. La apreté de forma estúpida contra mi, intentando "salvarla".

Cuando se hallaba a menos de un metro y medio se escuchó una potente voz. Una voz grave y autoritaria:
- Estefany, quieta.

La figura se paró de inmediato. Miré precipitada a todos lados, intentando descubrir de dónde venía aquella voz salvadora, pero no hallé a nadie. La volví ha oir, está vez con tono suave:
- No me busques, no me puedes ver. Pero tranquila, no te haré daño.

- ¿Quién eres? ¿Qué era esa cosa? ¿Qué quería de mi? ¿Qué es este sitio tan...? - empezé a preguntar.

- No te apresures. Todo a su tiempo... Bueno, respondiéndote a tu primera pregunta te responderé a la vez a unas cuantas que no me has formulado. Soy el antiguo alcalde de estas tierras. De este gran país, el país de los Deseos. Respecto a Estefany, te lo has buscado tú, has cogido su caja, le pertenece, es normal que te la quite. - acto seguido se escuchó una gran carcajada.

Muy desconcertada, dejé la caja en el suelo y me aparté, por si la joven se quería apoderar de ella. Al ver que no se acercaba, me extrañé.

- Si esperas a que vaya a por la cajita - dijo la voz del alcalde- te puedes quedar esperando. No la puede tocar.

- ¿Por qué no? Si es suya...- Yo no entendía nada.

- Porque ella misma se lo ha buscado. Fue codiciosa ya hace innumerables siglos y eso le pagó una gran factura, como a los que colgados todavía ves.

- ¿Qué...? Buen señor, ¿me podría contar un poco sobre este tema?

- Claro querida, pero debo ser breve, no me queda mucho tiempo. Hace mucho tiempo, este lugar esra el sitio más rico que existía. Lleno de todas las cosas que podías desear. De ahí su nombre. En el momento en el que el país estaba en su máximo esplendor montamos esta fábrica ya que habíamos conseguido convertir los deseos en realidad. Pero solo el que desees con más fuerza. Lo que nosotros llamábamos el Deseo Puro. Al construirse este edificio, se propagó la noticia y todas las personas del territorio vinieron hasta aqui. Pero nosotros estábamos decididos a dejar pasar a los cien primeros nada más. Esta noticia causó una gran conmoción y se produjo un gran revuelo. Todos se empezaron a pelear por ser unos de esos cien afortunados, y se produjo una carnicería. Los que estábamos al mando de todo quisimos evitar esta matanza y la única forma existente era encerrar en una caja el Deseo Puro de cada persona y conservar el cuerpo del dueño. Esto acabaría con el reino, pero era eso, o que todos murieran. Y así lo hicimos. Pero algo falló en los cálculos y a mis compañeros les pasó igual que a los ciudadanos. Solo "sobreviví" yo, y mira de qué manera. Mi misión es vigilar de lo que queda de nuestro mundo, a la espera de un milagro. A la espera de que alguien arregle la gran avaricia que se ocasionó en este lugar.

Me quedé impresionada. Era una historia verdaderamente curiosa y muy triste. Pero, ¿yo qué podía hacer?

- Y... ¿puedo ayudaros en algo?- pregunté con una esperanza de que dijera que no.

- Mmm... Ahora no, cariño - dijo el buen hombre-. Pero dentro de un tiempo quizá sí. Ya volverás, tranquila. Es que te necesitamos.

- Pe... pero yo no sé qué hacer. No sé prácticamente nada, yo no valgo para esto, yo...- empecé a decir.

- He dicho que ya nos veremos. En su momento sabrás qué hacer. Buen viaje y cuidate pequeña. Acuérdate: te necesitamos.

No me dió tiempo de decir palabra ya que me vi rodeada de pronto en una gran espiral de colores que giraba a mi alrededor. Me dió tiempo de ponerme a pensar sobre todo lo que había vivido en ese lugar tan misterioso y llegué a la siguiente conlusión: todos los sitios que había visitados tenían un significado escondido.

La plaza de las Flores Marchitas representaba las ganas del ser humano de coger el arco iris con las manos. Se refiere a las especiales ganas que se tienen de querer conseguir las cosas que no están a nuetsro alcance.

La avenida de las Delicias Intocables se refería a las tentaciones humanas. Las tentaciones más inalcanzables y deseables.

Y, finalmente, el Jardín de los Animales Dormidos representaba el conflicto por el que todo ese país estaba abandonado: la codicia por ser superior a los otros seres. Las ansias de más y más poder.

Además, bauticé al país con otro nombre: el país de los Sueños Olvidados. Lo llamé así porque, en mi humilde opinión, los habitantes que allí vivían se habían olvidado de lo realmente importante: soñar con sus deseos verdaderos y hacerlos realidad sin ningún tipo de trampa.

Temí las palabras que pronunció aquella voz: "... ya nos veremos". No quería volver. O no esperaba ese regreso con muchas ansias.

Quizá volvería. O quizá todo fuera un error... Quizá todo fuera un sueño...

Quizá...

3 comentarios:

  1. Con la boca abierta me he quedado.
    Sigue, desarrolla, profundiza.

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  2. Buena entrada!

    Respecto a lo que me preguntaste de como hacerte seguidora, con la cuenta de Blogger creo que funciona.

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  3. Al final te hice caso. Y menos mal, lo que me estaba perdiendo :)

    Pélope, ¿es esto un sueño? no me acuerdo de lo que me dijiste esta mañana, apenas la palabra "sueño" y en tu blog. Después de hablar de todo eso del mundo de los sueños, ¿recuerdas?
    Esa es mi duda, saber si primero soñaste algo y tu imaginación (no dormida) hizo el resto, o fue todo despierta. En cualquier caso, no conocía este lado tan bueno de tu imaginación. La plaza de las flores marchitas me recuerda a algo, pero no estoy seguro de a qué. Bueno, tal vez sí. En mi sueño de hoy, estuve en un lugar parecido. Se encontraba en Noruega, y pasaron cosas maravillosas allí.

    P.D: Revisa la gramática, no todas las palabras son femeninas xD

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Bichitos expresándose :)